El vuelo de la empatia


El bullicio del aeropuerto era el preludio de mi viaje. Mientras aguardaba mi vuelo, una notificación me recordó recoger mi comida. Al levantarme, un joven ocupó mi mesa, indiferente a mi maleta en la silla contigua.
La molestia me invadió. "¿Disculpa, esa es mi mesa?", le reclamé. El joven, sin inmutarse, continuó absorto en su lectura.
Con la furia en aumento, repetí mi reclamo, tomé mi maleta y me dirigí a la barra. Allí, una banca desocupada me ofreció un respiro. Pero la tranquilidad fue efímera. Una joven, visiblemente allegada al joven de la mesa, apareció con una caja de pizza y, sin mediar palabra, agregó otra banca a la mesa.
La ironía me golpeó. ¡Estaba replicando la misma actitud que me había molestado! Pero ya era tarde, la joven estaba instalada.
El destino tenía otra lección reservada. Al tomar mi pastilla, mi mano torpe derramó el agua. Sin dudarlo, la joven me ofreció sus servilletas, a pesar de quedarse sin ellas.
La vergüenza me abrumó. Supe que mi juicio había sido errado. No todos son iguales, y la amabilidad puede florecer donde menos la esperamos.
Esta historia me recordó que la empatía y la cortesía son valores universales. No importa el comportamiento ajeno, nuestra actitud define quiénes somos.

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