La vacancia de Dina Boluarte: el fin de un ciclo y el comienzo de otro igual de incierto
Por fin ocurrió lo que durante meses se veía venir: el Congreso de la República aprobó la vacancia presidencial de Dina Boluarte. La votación fue abrumadora —122 votos a favor— y selló el final de un mandato que nació sin respaldo popular, se sostuvo sobre la fragilidad del poder y terminó hundido entre denuncias, protestas y desconfianza generalizada.
Boluarte llegó a Palacio en diciembre de 2022 tras la destitución de Pedro Castillo, prometiendo “unidad, diálogo y orden”. Pero en menos de tres años, su gestión se transformó en sinónimo de aislamiento político, crisis institucional y escándalos personales. Los cuestionamientos por el uso de relojes y joyas de lujo, los viajes cuestionados y la parálisis frente a la violencia e inseguridad fueron solo el reflejo visible de un gobierno sin rumbo.
La presidenta terminó devorada por la misma lógica que la sostuvo: un Congreso sin legitimidad popular, pero con poder para decidir quién gobierna. Es la paradoja peruana: un Parlamento con apenas 6 % de aprobación puede destituir a una presidenta elegida constitucionalmente, mientras la población observa entre la indiferencia y la frustración.
Un país atrapado en su propio laberinto
La salida de Boluarte no resuelve la crisis: la profundiza. El Perú no solo ha cambiado de presidente seis veces en menos de una década; ha normalizado la vacancia como instrumento de rotación política.
El Congreso, al aplicar nuevamente la causal de “incapacidad moral permanente”, confirma lo que muchos juristas ven como un vacío peligroso: un mecanismo sin parámetros claros, que puede usarse tanto para sancionar la corrupción real como para castigar la impopularidad.
Mientras tanto, el nuevo gobierno interino, encabezado por el presidente del Congreso —según la línea de sucesión—, asume una tarea ingrata: gobernar un país exhausto, polarizado y con una ciudadanía que ya no confía en nadie.
Las heridas que deja el boluartismo
Dina Boluarte pasará a la historia como la primera mujer en ocupar la presidencia del Perú, pero también como la mandataria bajo cuyo mandato murieron decenas de personas en protestas sociales. Esa herida sigue abierta.
La Fiscalía deberá retomar las investigaciones suspendidas mientras ella ejercía el cargo, y el país deberá enfrentar —una vez más— el debate entre justicia, impunidad y responsabilidad política.
Su caída también deja una lección sobre el aislamiento del poder: Boluarte perdió el respaldo de todos. Los partidos que inicialmente la sostuvieron se replegaron cuando el costo político se volvió insostenible. No hubo partido, movimiento social ni base regional dispuesta a defenderla.
Los desafíos del nuevo gobierno
El mandatario interino asumirá en medio de un contexto explosivo:
- Economía estancada y una inversión privada que lleva años en declive.
- Inseguridad ciudadana en niveles históricos.
- Desconfianza total en las instituciones.
Su margen de acción será mínimo: no podrá disolver el Congreso ni modificar sustancialmente el calendario electoral de 2026. En otras palabras, solo puede administrar la crisis, no resolverla.
La comunidad internacional observará con atención cada paso, especialmente en materia de derechos humanos y respeto al orden constitucional. Un error en el manejo de las protestas podría volver a encender el país.
Reflexión final: el peligro de la normalización del caos
La vacancia de Dina Boluarte no es una victoria democrática; es un síntoma de que el sistema político peruano está en terapia intensiva. Hemos naturalizado que los gobiernos duren menos que los escándalos y que la presidencia sea un cargo temporal entre una denuncia y otra.
El país necesita un nuevo pacto político, no solo nuevos nombres. Mientras la Constitución siga permitiendo la manipulación de la “incapacidad moral”, y mientras los partidos sean maquinarias de ocasión, la historia se repetirá: presidentes que llegan con
El Perú amaneció sin presidenta, pero no sin problemas.
La vacancia no cerró un ciclo: simplemente lo reinicio
Walter Amoros Wong
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