Niñas de nadie: cuando la ley dice "no" pero la realidad calla
Columna de opinión Por Walter Amoros
Hoy Tomé el periódico como cada mañana, con mi café humeando entre las manos. El titular cayó pesado, de esos que te obligan a dejar la taza sobre la mesa porque de repente el estómago se te cierra.
56 mil niñas conviven con adultos mayores.
No son cifras. Son nombres. Son rostros que no deberían estar lavando ropa ajena a los 12 años. Son cuerpos que no deberían estar pariendo a los 13. Son infancias que alguien, en algún momento, decidió que no valían la pena.
Y lo más cruel: hay una ley que las protege. La Ley N° 31945, aprobada en noviembre de 2023, prohibió el matrimonio infantil en el Perú. Fue una victoria, celebramos en redes, compartimos la noticia, sentimos que hacíamos algo.
Pero la realidad, como siempre, se ríe de nuestros aplausos.
La trampa de la convivencia
Porque la ley dice que una niña no puede casarse. Pero no dice nada sobre "irse a vivir con él". No dice nada sobre el tío que "se la lleva para ayudarle con los gastos". No dice nada sobre el vecino de 35 que "la preñó y ahora tiene que responder".
Y así, mientras nosotros aplaudíamos, miles de familias encontraron la fórmula perfecta: no la cases, solo haz que conviva. El papel no se mancha, la ley no se rompe, y la niña sigue ahí, atrapada en una cocina que no pidió, con un bebé en brazos que no soñó, mirando por la ventana cómo sus amigas van al colegio con mochilas de colores.
El 86% de las mujeres que se unieron entre los 10 y los 15 años ya eran madres. Léelo otra vez. Ocho de cada diez. No son parejas. Son secuestros disfrazados de compromiso.
La normalidad que duele
Me duele pensar en la primera vez que una niña escucha que su destino es ser mujer de alguien. Me duele imaginar la escena: una madre que le dice "hijita, ya es hora", un padre que negocia, una comunidad que asiente. Porque allí, en esas zonas donde el Estado no llega y la pobreza aprieta, tener una hija es un gasto. Entregarla, una solución.
En Loreto, la cifra llega al 50%. En Piura, al 32%. En Cusco, al 28%. No es casualidad. Es abandono. Es indiferencia. Es que mientras vivimos en nuestras burbujas urbanas, hay niñas peruanas que nunca tuvieron la oportunidad de ser niñas.
Una de cada cuatro personas en el Perú cree aceptable que una niña conviva con un adulto si está embarazada. Una de cada cuatro. Pregúntate quiénes son. Míralos a los ojos. Son tus vecinos, tus familiares, quizás hasta tú mismo sin saberlo.
El silencio cómplice
Porque aquí pasa algo peor que la ley imperfecta: pasa que miramos para otro lado. El embarazo de una niña no se llama violación, se llama "error". El adulto que convive con ella no se llama abusador, se llama "padre de familia". Y la niña, esa niña, se convierte en "señora" antes de aprender a multiplicar.
No quiero ser neutral. No puedo. Porque hablar de esto con objetividad es traicionar a las 56 mil. Ellas no tienen derecho a la objetividad. Tienen derecho a que nos indignemos, a que nos duela, a que nos dé vergüenza como país.
En 2026, solo en los primeros meses, más de 70 niñas de hasta 14 años se convirtieron en madres. Setenta. Cada una con su historia de abandono, cada una con su adulto que sigue caminando libre por la calle.
No es solo una ley
Hace falta más. Hace falta que cada vez que veamos a una niña con un adulto, nos preguntemos qué pasa. Hace falta educación sexual para que no haya embarazos a los 12. Hace falta que las escuelas no las expulsen cuando están gestando. Hace falta que las familias entiendan que una hija no es una carga, no es una mercancía, no es una esposa.
Hace falta que nos duela de verdad. No en los titulares. No en los debates. En la calle, en el mercado, en la visita al pueblo, en la conversación incómoda con ese tío que "se llevó a la menor".
Al final
Hoy, mientras escribo esto, 56 mil niñas están despertando en una casa que no eligieron, al lado de un hombre que no eligieron, viviendo una vida que no eligieron. La ley está ahí, limpia, perfecta, esperando ser aplicada. Pero la ley no cocina, no cambia pañales, no soporta la mano pesada en la noche
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