Fe y Urna: En Semana Santa, oremos por el discernimiento del Perú
Por: Walter Amoros Wong
Nos encontramos en una de esas encrucijadas del tiempo que parecen tener una mano divina. Por un lado, el calendario litúrgico nos introduce en la Semana Mayor, el corazón de nuestra fe católica. Por el otro, el calendario electoral nos acerca a las urnas para elegir al próximo presidente del Perú. Para un país que se confiesa mayoritariamente católico, esta coincidencia no es un mero accidente logístico; es una oportunidad espiritual.
El Perú es, en esencia, un pueblo con una profunda raíz cristiana. Lo llevamos en la sangre, en la devoción al Señor de los Milagros, en la forma en que vivimos el silencio del Viernes Santo o la alegría de la Resurrección. Pero a menudo, caemos en el error de separar nuestra fe de nuestra vida pública, como si Dios fuera cosa de la iglesia y la política cosa de “otro reino”. La Semana Santa nos recuerda que no es así.
Estos días santos nos invitan a hacer un alto en medio del bullicio, la crispación y la desesperanza que a veces nos ahoga. Nos invitan a mirar hacia adentro. Así como Jesús se retiró a orar antes de su Pasión, nosotros, como nación, estamos llamados a un momento de discernimiento profundo.
Vivimos tiempos difíciles. La corrupción ha herido nuestras instituciones, la inseguridad nos roba la paz y la política se ha vuelto un ring donde prima la agresión por encima de la propuesta. En medio de este polvo y barro, el llamado del Evangelio es claro: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia”.
¿Qué significa esto para un votante peruano en Semana Santa?
Significa recordar que nuestro voto es un acto de amor. No un simple trámite burocrático, ni una venganza contra el candidato que no nos gusta. San Juan Pablo II nos enseñó que la participación en la vida pública es un deber moral. Al votar, estamos decidiendo el futuro de nuestros hijos, de los más pobres, de los ancianos. Estamos decidiendo si queremos un país donde la dignidad de la persona humana sea respetada desde la concepción hasta la muerte natural, o donde el poder se convierta en ídolo.
En este tiempo de reflexión, pongamos sobre la mesa los valores que nos dejó Cristo: la verdad, la honestidad, la misericordia y el servicio.
· Que la verdad nos libere del odio y la desinformación. Que no votemos movidos por el rumor o por la campaña del miedo, sino por un análisis sereno.
· Que la honestidad sea el filtro. Ante candidatos manchados por la corrupción, recordemos que un gobernante debe ser el primer servidor, no el primer aprovechado. Jesús expulsó a los mercaderes del templo; nosotros debemos expulsar la corrupción del poder con nuestro voto.
· Que la misericordia nos ablande el corazón para ver al otro. Que al elegir, pensemos en el campesino del Ande, en la madre soltera de los pueblos jóvenes, en el joven que no encuentra trabajo. La política es la caridad en grande.
· Que el servicio sea el distintivo. Jesús lavó los pies a sus discípulos. Necesitamos presidentes con vocación de servicio, no señores feudales.
Como pueblo católico, tenemos una responsabilidad enorme. No podemos quedarnos en casa en señal de protesta. La indiferencia es cómplice de los malos gobernantes. La Semana Santa nos habla del sacrificio, pero también de la esperanza. La Resurrección nos asegura que después de la cruz viene la vida nueva.
Pidamos, en esta semana de oración, que el Espíritu Santo ilumine la conciencia de cada peruano. Que aleje de nosotros el espíritu de odio, la división y la tentación del voto por conveniencia o por mezquinos intereses.
Que al salir de la procesión o al terminar la oración en casa, vayamos a las urnas con la paz en el corazón, sabiendo que depositamos nuestro voto no solo en un sobre, sino en las manos de Dios.
Que el Señor Resucitado ilumine a los candidatos para que pongan el bien común antes que su propio interés, e ilumine a los votantes para que sepan elegir con responsabilidad, ética y amor por el Perú.
Que así sea.
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